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Milagros Inesperados o La Milla Verde

milagros inesperadosBasada en la novela homónima de Stephen King, La Milla Verde fue la segunda película que el director y guionista Frank Darabont hizo de una obra de este autor. Luego de hacer en su juventud un elogiado cortometraje en los años ochenta basado en el cuento clásico de éste, La Dama de la Habitación, Darabont.

La película es la adaptación de la que es considerada una de las mejores obras de Stephen King, que data de 1996, y la cual a su vez a la hora de su publicación supuso un “experimento” editorial, que además fue uno de los tantos homenajes del escritor al que siempre ha considerado como a una de sus fuentes inspiradoras: Charles Dickens. Tal como el autor del siglo XIX, King editó el libro que en español primero se conocería como El Pasillo de la Muerte, en 6 delgados tomos, a manera de novela por entregas y una al mes, teniendo cada número un título propio, más el nombre genérico de The Green Mille ( La Milla Verde).

Cuando el autor comenzó su proyecto, iba escribiendo la historia a medida que esta salía en circulación, de modo que ni el lector constante, ni su creador tenían idea de cómo iba a terminar el relato que desde un principio partió como una historia bastante distinta a muchas de las obras que había escrito hasta el momento, si bien compartía numerosos de los elementos que ya habían hecho famoso al creador de Carrie y El Resplandor: uno o más misterios ligados al pasado de sus personajes; protagonistas carismáticos y para nada alejados al público seguidor que lograra identificarse con las vicisitudes de estos; una ambientación fabulosa en medio de un ambiente que recuerda tanto a cualquiera que podamos conocer en la realidad, pero que mantiene una atmósfera enrarecida que lo hace ser parte de la ficción misma de una obra de este tipo; malos muy bien caracterizados y que pese a su carácter maquiavélico poseen una verosimilitud que no les hace ser ni maniqueos, ni estereotipos pasados de moda; su buena dosis de humor; sangre; violencia; aventura y muchas cosas más…Tiempo después Stephen King publicaría en un solo tomo esta serial y con un muy interesante prólogo donde daría grandes claves acerca de la génesis de su libro.

Cuando King le contó a su amigo Frank Darabont de este nuevo proyecto suyo, el director y guionista quiso contar con la venia de narrador para saber antes que todo el mundo cómo terminaría la historia, pero se encontró con que ni King tenía idea de qué pasaría, como que tampoco estaba dispuesto a pasar a llevar a los millones de sus seguidores haciendo favoritismo aún entre sus íntimos y entregando información antes de tiempo. Fue cuando por fin se supo el desenlace de la obra que tuvo a tanta gente atenta, que Darabont le pidió a King le cediera los derechos para poder realizar su adaptación fílmica. King ni vaciló en concederle ahora sí su deseo.

La Milla Verde debe su nombre al pasillo de este color que cubre los pisos de la sección de una prisión donde tienen prisioneros a los sentenciados a morir en la silla eléctrica (a la que llamar coloquialmente “La Freidora”). Esto transcurre durante plena depresión económica de los treinta en Estados Unidos, por lo que al peso de la fragilidad de quienes viven y conviven en este sitio, se suma el ambiente de temor e incertidumbre social que impera en la nación. Es en este lugar donde se supone que debería reinar la desesperanza, la crueldad y la intolerancia, que Paul Edgecomb, jefe de los guardias que “cuidan” a los reos, vela junto a sus hombres de que en la zona aún se mantengan la cordura y la compasión, tratando a los sentenciados con la mayor dignidad posible. Aquellos pocos que viven tras las rejas esperando su destino final, tampoco son los monstruos que uno quisiera creer y bien el paso del tiempo y la conciencia los convirtieron en mejores personas, o lo más probable es que su permanencia allí se debiese a un sistema de justicia demasiado imperfecto.

Es como frente a la circunstancia que viven estos personajes, que se presenta por parte del autor del libro un discurso moralizante y de compromiso ideológico, donde se observa una fuerte postura anti pena de muerte. Todo esto, luego que se muestra lo absurdo e inhumano que resulta este castigo, puesto que el sentenciado ya ha dejado de ser la persona que originalmente cometió el crimen, luego de que se redimió tras pasar años privado de su libertad y al alero de su conciencia (sin dejar de mencionar todos los años que se pasó esperando la llegada de la fecha de su destino final); por otro lado, cabe recordar que tal como muestran bien el libro y la película mismas, muchas veces el castigo supera al crimen, de modo que el ajusticiamiento pedido resulta ser algo caprichoso y tan criminal como aquello que se desea penar. Es entonces que aparece la contraposición entre la idea que el hombre común posee de lo que es justo, con su muy arbitrario sistema legal y la de una justicia mucho más correcta y superior (tema que se abordará más adelante en este mismo texto).

Un día llega a este lugar un hombre al que se le acusa de un espantoso crimen, un individuo de color, de más de dos metros y de simbólico nombre John Coffey; éste con su espíritu dulce e infantil hace dudar a todo el mundo de que fue quien en realidad realizó la bestialidad de la que se le imputa. Coffey guarda más de un secreto, pero no vacilará en sacarlos a la luz cuando sea necesario y ello significará marcar la vida de todos los del lugar, demostrándoles que cualquier sitio y circunstancia están expuestos a los verdaderos milagros: como que el amor existe de verdad y puede lograr verdaderas transformaciones, al igual que su contrapartida, pues la maldad pura nunca deja de hacer su aparición.

Tanto la novela como la película parten cuando Paul Edgecomb es ya un anciano y vive en un asilo. Allí recuerda su pasado, puesto que pesa sobre él ser el último testigo de hechos que demuestran la existencia y la naturaleza de lo sobrenatural (elemento que en medio de su extrañeza también evidencia de qué está hecho el espíritu humano, ya sea en sus aspectos más benignos, como en los más oscuros y siniestros). Este conocimiento que guarda dentro de sí, a ratos no lo deja tranquilo. De este modo la trama se constituye en una extensa retrospectiva, que en el caso de la película abarcará casi tres horas y que en todo caso se pasarán sin motivo de aburrimiento.

En la llamada “Milla Verde” no todo el mundo actúa motivado por los buenos sentimientos. Allí también se encuentran dos hombres que desde sus particulares posiciones representan dos caras de la misma moneda y por ende, dos variantes del mismo principio de la maldad. Por un lado está el jefe Percy, quien simboliza en su vileza a quien ostenta la autoridad como una manera de usar su poder para saciar sus apetitos más sádicos; es así como se esconde bajo la supuesta impunidad que le otorgan sus contactos. Pero también se encuentra William «Billy the Kid» Wharton, sentenciado a muerte que no vacila en esconder su espíritu carente de cualquier convención social, respeto por la autoridad y hacia los demás y para quien el mal es una herramienta que le otorga placer y nada más. A estos dos deben enfrentarse los protagonistas y son sus verdaderas fuerzas opositoras. Ya se ha hablado de que en esta obra está la convicción de que la justicia humana es algo lleno de debilidades, que más bien resulta algo caprichoso y carente de toda humanidad…Pues bien, es así como la presencia de estos siniestros sujetos permitirá que a lo largo de la historia se manifieste otro tipo de justicia, una que va mucho más allá de los preceptos humanos y que escapa a todo control que uno pueda tener: la Justicia Divina. No es primera vez que Stephen King aborda estas ideas mucho más metafísicas, más si todavía se tiene en cuenta su educación religiosa, puesto que pese a no abrazar hoy en día una religión cristiana específica, nunca ha perdido sus principios de este tipo.

Tanto en la novela como en la película la llamada Justicia Divina llega y cuando lo hace no hay manera de oponérsele; el castigo es severo, pero sólo cuando el disfrute de la maldad es completo y no hay modo de redención, ni deseo de cambiar; pero es que también no deja de verse el otro aspecto de esta justicia que implican el perdón y la paz. A su vez Frank Darabont en la adaptación que hace, llega a tal punto a ilustrar esta dicotomía entre ambas justicias, que las imágenes que nos muestra tienen gran impacto visual y semántico.

Dentro de la dimensión religiosa de esta obra, se encuentra lejos la figura misma de John Coffey, una encarnación angelical que como Cristo, santos y mártires de la fe, lleva sobre sus hombros el peso de saber que existe la malicia en el mundo y que la única manera de enfrentarse y contrarrestarla es muchas veces con un gran sacrificio personal. Como hombre negro de su época, John Coffey es el ideal chivo expiatorio para responder a los prejuicios sociales de un pueblo al que le interesa más dar soluciones fáciles a sus necesidades vitales, que a hacerse recriminaciones propias y buscar una verdadera respuesta sobre qué está realmente mal en el mundo y cómo podemos contribuir para que todo sea mejor. John, “Juan” en inglés y Coffey, que tal como dice el propio personaje cuando habla de cómo se llama “Suena como a café, pero se escribe distinto” lleva como muchos personajes de la literatura un nombre (y apellido) alegóricos y en su caso preciso estos atienden a su carácter bíblico (Juan): en cuanto a su apellido (“Café” en español) corresponde a su naturaleza de oprimido como representante de una raza que estuvo sometida por la esclavitud y donde entre otras cosas se les obligó a trabajar en la cosecha de este vegetal, por no mencionar el parecido de su piel con el color de éste.

La película en su traslación a imágenes y seleccionar los mejores momentos del libro, como también en todos los diálogos que aportó Darabont en su trabajo de guionista, está llena de referencias del tipo religioso (aparte de los ya mencionados). Algunos de los más significativos son el mismo proceso de la preparación de los sentenciados a muerte antes de su electrocución, donde se observa cómo el guardia encargado de ello prácticamente “unge” al prisionero, primero haciéndole una especie de tonsura si fuese necesario (como el círculo sin pelo que llevaban algunos monjes medievales sobre sus cabezas) y luego echándoles con toda delicadeza agua sobre sus cabezas a manera de sacramento/bendición/bautismo para pasar de un estado a otro (de la vida mortal a la vida eterna). Luego está la famosa escena, y emotiva, en la cual Coffey, Edgecomb y otros hacen un particular viaje y debido al cual el primero de estos recibe como regalo una medalla de San Cristóbal, el santo patrón de los viajeros (de tal modo que ya nunca más podrá sentirse solo). No se puede dejar de lado lo que ocurre poco antes del clímax, cuando a John se le otorga un especial regalo de parte sus amigos y ve por fin una película; es entonces que en un determinado momento se le muestra de frente y tras el proyector de cine la luz le sale por detrás cual aureola de las antiguas imágenes religiosas católicas.

Por último, las actuaciones son de tan gran nivel entre todos los actores que acá participan, que logran otorgarle una humanidad increíble a sus personajes, ya sea retratando lo más virtuoso, como la más lúgubre que habita dentro de nosotros. Ya me he referido al antológico trabajo de Michael Clarke Dunkan para este filme (una de las tantas razones que hace lamentar aún más su reciente partida), pero sería injusto dejar de lado lo hecho por Tom Hanks, quien acá hace otro de sus camaleónicos papeles y logra insuflarle un hálito de paternidad que bien uno quisiera poseer. También destaca lo hecho por Michael Jeter, el cual acá hace de Delacroix, el prisionero más carismático de la Milla Verde después del propio Coffey. En cuanto a los actores que hacen de los “malos” de la historia, estos fueron los comienzos de quien hoy en día es considerado como uno de los mejores actores de su generación, Sam Rockwell, con tantos largometrajes a su haber y en tantos papeles diferentes; por su parte Doug Hutchison, al interpretar a Percy, el guardián malvado, no se queda atrás a la hora de personificar con solvencia a un hombre despreciable. En un filme con pocos personajes femeninos (sólo dos de importancia), las dos únicas apariciones de Patricia Clarkson dan claras nociones de lo que es una actuación de calidad y hace que uno quisiera ver más de esta gran actriz. Para ser sinceros todos los actores de la película poseen gran versatilidad.

Tal como lo hizo en su tercera película, The Majestic (2001), Darabont rinde pleitesía a la magia del cine y su poder para crear belleza y sobrecoger los corazones del público; todo gracias a las imágenes que superan las fronteras de la época y los idiomas. La ya mencionada visita de John Coffey a una sala de cine muestra una escena de uno de los filmes más famosos de Fred Astaire, Sombrero de Copa, con su recordada canción Cheek to cheek y que en tantos otros largometrajes ha aparecido en sus bandas sonoras. El gozo del prisionero al ver esta obra, es la dicha de quien llega a contemplar una cinta sabiendo que está frente a una manifestación de la sublimidad de este arte.
La sola sonrisa de John Coffey es un regalo para el espectador.

El filme completo es un regalo para el alma y nos deja con la certeza de que pese a todo lo malo que pueda ocurrir a nuestro alrededor, aún existe bondad en los corazones y que ésta es superior a cual signo de malevolencia.

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