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12 hombres sin piedad

   Un chico de 18 años es juzgado por el asesinato de su padre. El jurado debe emitir su veredicto en un caso en que todas las evidencias parecen condenar al acusado. Estos doce hombres, a los que el sistema presupone imparciales, comienzan a manifestar su personalidad a medida que deliberan, a petición de uno de ellos, sobre los testimonios que fueron presentados. La fuerza del diálogo y de la lógica va desmoronando la consistencia de esos testimonios que, una vez que son unidos como un puzzle, manifiestan su inconsistencia. La racionalidad del protagonista se va abriendo camino entre la niebla de los prejuicios, pasiones y motivaciones anímicas de los demás miembros del jurado. Uno a uno son incitados a reflexionar, comprender y aclarar lo que se esconde tras las apariencias del caso. En este proceso, son sus propias personalidades las que están siendo analizadas una vez que se embarcan en el ejercicio esclarecedor de la razón.

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Nuestro  sistema judicial se basa en el principio que ya estableciera el derecho romano: in dubio, pro reo (ante la duda, a favor del reo). Esto significa que toda persona es inocente hasta que se demuestra su culpabilidad. Sin embargo, en la sociedad suele ocurrir a menudo lo contrario, como se refleja aquí: el chico parece culpable, las evidencias tienden a enfocarlo así; el debate del jurado va desmoronando la consistencia de esas evidencias, hasta desembocar en una “duda razonable”, suficiente por ley para absolver a un acusado. Es importante destacar que no se demuestra la inocencia del chico: lo que se demuestra es el conjunto de pre-juicios que condicionan una apariencia de culpabilidad, de los cuales hay que desvincularse para juzgar fríamente si hay pruebas consistentes –no meramente circunstanciales–.

 

El punto de partida: la opinión previa

El tema, más que el de la justicia a secas, es el del juicio humano. ¿Cómo se fragua un juicio sobre la realidad? La película se plantea en un entorno en que la irrelevancia o inocencia de la “opinión” propia no tiene cabida: el juicio que se forja cada uno de estos hombres sobre unos hechos tendrá como consecuencia la condena a muerte de un chico de 18 años. Nuestra opinión sobre el mundo tiene unas consecuencias; el ser humano es responsable del modo en que las fragua: analizar los propios planteamientos, conocer los propios prejuicios, desvincularse de los propios intereses, son obligaciones morales ante las que todo ser humano debe responder. La desidia ante el conocimiento de la verdad, sobre uno mismo o sobre el mundo, nos hace inexcusablemente culpables.

Muchos son los factores que intervienen o alteran de algún modo la formación de un juicio: los prejuicios (ideas preconcebidas sobre la realidad), los intereses, la influencia del pensamiento de la sociedad y de la opinión ajena (actitud supeditada a menudo al miedo a la imagen que proyectamos), la apariencia, a la cual a menudo se produce una adhesión acrítica… Todas estas actitudes se ven reflejadas de un modo u otro en alguno de los personajes, que componen así un microcosmos social, un reflejo de modelos humanos encerrado en una habitación. Sólo hay un camino para superar estas barreras: la reflexión. En la película se plantean varias actitudes ante la reflexión: al principio, sólo uno ha optado por llevarla a cabo, y va arrastrando a otros. En los demás encontramos: o bien una primera pasividad, que van superando de distinto modo, o bien una abierta hostilidad: en alguna escena se ve cómo alguno de ellos se niega a la evidencia racional de aceptar como posible una determinada interpretación de los hechos.

Tras un primer intento, el que promueve la reflexión propone una segunda votación, ante cuyo resultado se rendirá. Esa secuencia no es baladí: el diálogo sólo puede establecerse cuando dos partes están dispuestas a ello. Fonda se da cuenta de que su monólogo no llevará a ninguna parte; la actitud del viejo representa esa aceptación del reto de dialogar. Ante la ceguera o desidia de los demás, uno despierta la conciencia crítica, lo que da pie al desarrollo de la película.

 

El origen y naturaleza de la justicia: la conciencia humana

Aunque la película parece realista, en realidad el resultado final es más un alegato ético sobre lo que debería y en última instancia podría ser si la razón humana, instrumento fundamental de la ética, guiara nuestra conducta. La justicia no se puede esperar del devenir de la vida; es un ideal humano, pero un ideal al alcance no de cada individuo, sino de la humanidad en su conjunto. La clave de esta idea queda reflejada en el anverso de este planteamiento que nos ofrece otra película tan polémica como impactante: Match Point, de Woody Allen. Aquí, justo al contrario de lo que ocurre en Doce hombres sin piedad, se golpean los cimientos más básicos de la moral al concluir con un mensaje tan crudo y brutal como cierto: la vida no se desenvuelve en sí misma por medio de la razón ni la ética, sino por el azar. Es al hombre al que compete hacer lo correcto. En el caso de Match Point, las motivaciones del protagonista son absolutamente interesadas, y la conciencia no juega ningún papel en el motor de su proceder. Las consecuencias éticas de nuestra conducta, dejadas a la ensoñación de la “justicia cósmica”, dependerán totalmente del azar. Como la vida del muchacho de nuestra película depende del “azar” que ha compuesto a los miembros de su jurado, y que en este caso ha permitido que participe la razón y la conciencia, necesariamente introducidas por un ser humano.

En el caso que nos ocupa, el personaje representado por Henry Fonda asume este papel. Supera todo tipo de ataques: es acusado de ansia de protagonismo, de darse importancia, de provocador… críticas ante las que hace caso omiso con una integridad rayana en lo heroico (esta misma actitud la mantiene también el corredor de bolsa). En el mundo real es más habitual la actitud de otros de los miembros del jurado, que se indignan ante la malicia de los comentarios de quienes se empeñan en boicotear las argumentaciones.

 

El proceso de la razón

Es importante destacar que ese debate no se produce porque uno piense que es inocente; su declaración es que no lo sabe. El primer paso es la duda. La película plantea constantemente una dialéctica que gira en torno a los conceptos de lo evidente, lo posible y lo probable. Lo que en un principio parece que no deja lugar a dudas, es puesto en tela de juicio cuando alguien comienza a plantearse hasta qué punto los hechos son, efectivamente, evidentes. Para situarnos en esta posición es imprescindible analizarnos primero a nosotros mismos. A lo largo de nuestra vida y en el proceso de socialización vamos adquiriendo una serie de prejuicios, de concepciones positivas o negativas sobre la realidad. Es algo necesario para desarrollarnos, para ir ampliando nuestro ámbito de acción y nuestra capacidad de respuesta ante el entorno que nos rodea. Se trata de lo que denominamosexperiencia. La experiencia, efectivamente, es un tipo de conocimiento práctico que proporciona una mayor plasticidad de respuesta. Como dice el refrán: “el joven conoce las leyes; el viejo, las excepciones”. Pero la experiencia no es algo que se adquiera de forma pasiva, por el mero paso del tiempo. La experiencia exige capacidad de aprendizaje, de lectura de la propia vida. Cuando confundimos la naturaleza de la experiencia y transformamos nuestras propias vivencias en ley, la experiencia deja de ser el conocimiento práctico que es y se torna en prejuicio. Esto viene perfectamente ejemplificado en el caso del personaje cuyo hijo le abandonó. Incapaz de aprender y conocer realmente, incapaz de adquirir experiencia, declara azarosamente cómo educó a su hijo a partir de su propia opinión sobre lo que debía ser un hombre. Un día, comenta, se enteró de que su hijo había huido de una pelea; se sintió tan avergonzado que se propuso “hacer de él un hombre”, algo que creyó haber conseguido cuando recibió de él su primer golpe. Sin darse cuenta, su incapacidad por comprender la verdadera naturaleza de su hijo es lo que provocó en su momento que éste le abandonara. Y esa incapacidad por aprender es lo que le lleva a negar sus sentimientos, al tiempo que es dominado por ellos, y volver a aplicar el mecanismo del prejuicio, generalizando la experiencia de su vida: todos los hijos son malos. Así lo declara finalmente, cuando su proceso de racionalización, el más reacio y costoso –es el último que da su brazo a torcer– le obliga a verbalizar: “maldigo a todos los hijos por los que das la vida”.

El segundo paso es el diálogo: Casi al comienzo, cuando el protagonista propone una segunda votación, se hubiera rendido si no hubiera encontrado apoyo. La justicia jamás podrá desarrollarse en una sociedad sorda. El monólogo, por veraz e instructivo que sea, no podrá jamás transformar la realidad humana, porque ésta es, básica y radicalmente, social, y por tanto exige el diálogo. Ese diálogo, para ser efectivo, debe estar enfocado racional, analítica y objetivamente en todo momento, hasta las últimas consecuencias. En este punto es imprescindible volver al comienzo de la cuestión, al punto de partida: la opinión.

La opinión, como hemos visto, puede no estar exenta de prejuicio. Una opinión sólo puede ser aceptable en la medida en que pueda ser revisada. La palabra “diálogo” deriva del griego día-lógos, donde día, que podría traducirse como “a través de”, es un prefijo que indica un fluir, un camino, y lógos significa tanto razón como lenguaje: la capacidad del ser humano de percibir el mundo con un sentido. Los seres humanos percibimos la realidad desde una perspectiva existencial, la de la propia vida. En la medida en que estamos abiertos al diá-logo, a la comprensión de otros puntos de vista objetivos, las vivencias propias dejan de ser mera experiencia de una vida y se van convirtiendo en experiencia de la vida, en ese conocimiento práctico radicalmente ligado a la capacidad de seguir aprendiendo.

El diálogo es imprescindible para el desarrollo vital de la razón. La razón sola, individual, es meramente teórica y contemplativa. Para poder implantarse en la vida es necesario que no sea uno solo el que se aplique a ella. De ahí que el método de la ética sea el diálogo, porque la ética es la aplicación de la razón, universal y desinteresada –desligada de los intereses particulares– a la guía de nuestra conducta. Aristóteles definió al ser humano como “animal racional” (zoón logicón)  pero también como “animal social” (zoón politicón, el animal que se realiza dentro de las leyes de una comunidad). El alma platónica, conducida por el auriga de la razón, sólo podrá llevar a una aplicación práctica del bien, a la consecución de la justicia, si no olvida esa naturaleza social del hombre. En la película, ese conocimiento, esa apertura, la proporciona el anciano del jurado, un hombre con verdadera experiencia, con un fino olfato desarrollado a través de la observación de toda una vida, que le permite discernir caracteres, motivaciones, necesidades, en los distintos testimonios que los dos testigos principales ofrecen; es a partir de ese sutil conocimiento psicológico como consiguen encajar las piezas del puzzle que faltaban: por qué habrían de mentir o disfrazar la verdad los testigos.

El último paso, lógicamente, es la evidencia, la comprensión radical y absoluta, de naturaleza tan distinta a la cerrazón de las previas opiniones acríticas. Nunca se podrá saber si el chico mató o no realmente a su padre, pero para la conclusión de la película esto es irrelevante. Nadie acaba en el proceso igual que comenzó; la seguridad en el modo de intervenir y de expresarse de cada uno se van dando la vuelta; la fuerza del prejuicio se debilita, la pequeña sociedad ahí concentrada se transforma. La racionalidad, en todo su poder, ha cumplido su misión.

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