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El color del paraíso

Mohammad es un chico ciego que estudia en un instituto especial en Teherán. Cuando llegan las vacaciones de verano regresa a su pueblo natal con su padre, sus dos hermanas y su abuela. Mohammad es un muchacho muy sensible y gran amante de la naturaleza. A pesar de ser una persona increíblemente adorable, su padre se siente avergonzado de él y quiere alejarlo de la familia ya que un hijo ciego es una complicación en la búsqueda de una mujer. Para alejarlo de casa lo pone de aprendiz con un carpintero.

La película nos acerca a un mundo sencillo y noble de los niños para mostrarnos la sensibilidad interior de Mohamad, un niño ciego que ha aprendido a ver con el tacto y el oído, y a entender la vida mejor que los mayores. Su generosidad, su amor sincero y su afán por aprender contrastan con la vida temerosa y egoísta de su padre, un carbonero enviudado cuya obsesión por casarse de nuevo y asegurarse a alguien que le cuide en su ancianidad le llevan a buscar cómo desprenderse de su hijo, al que considera un estorbo y una maldición de Dios.

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Una gran película que gustará a quien busque percibir con todos los sentidos Comienza con un prolongado plano en negro y las voces de los niños en su último día de clase en la escuela de Teherán para invidentes, y termina con una luz mística propia del mismo Dreyer, metáforas ambas de una existen-cia problemática porque el amor y la familia han sido sustituidos por el propio interés, y se precisa un milagro que convierta el corazón del padre. La clave saldrá de los labios de la abuela, mujer trabajadora y muy religiosa, ahora enfer-ma y agónica tras una pulmonía cogida al ser separada de su nie-to; cuando su hijo pretende consolarla ofreciéndose a traer de nuevo a su nieto al pueblo, ella le responde que no está preocupada por el niño sino por él, y que por ello sólo le queda rezar.

Ciertamente, la del padre es una ceguera mayor y más honda, incapaz de saborear la belleza de la vida y la alegría de la naturaleza: una música tormentosa y dramática es la que su alma percibe, mientras que el niño entiende el canto de los pájaros y el aroma de unas flores que se traducen en melodías llenas de lirismo y emo-ción en su interior. Con momentos llenos de emoti-vidad y otros de un dramatismo que anuncia la tragedia, el guión es mínimo pero perfectamente construido, abundan imágenes lle-nas de belleza y contenido, y se afrontan temas trascendentes a partir de sucesos nimios y ordina-rios, con un profundo sentido humano de las situaciones. A la vez, la resolución está llena de optimismo y ternura que no llega a caer en lo artificioso, fundamentalmente gracias a la naturalidad de las inter-pretaciones de unos actores en su mayoría no profesionales, y a la mirada sincera y auténtica de la cámara, que capta la dura realidad del país y sus maravillosos parajes naturales, recogidos con una preciosa fotografía.

 

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El ritmo es lento como requiere el lirismo de la historia, pero ello no es obstáculo sino lo contrario para el disfrute de esta gran película, que sin duda gustará a cualquiera que bus-que percibir con todos los sentidos, sentir con la hondura del alma y amar con el corazón. Con los vientos que corren, viendo ésta y otras películas iraníes tan llenas de belleza y amor por la vida, en el espectador surge de manera natural el deseo de clamar para no destruir esas vidas y esas tierras, y de pedir a los mayores que aprendan de los niños a mirar, a no permanecer en la ceguera de la guerra y que les impide ver el color del paraíso.

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