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Mis tardes con Margueritte (La tête en friche), de Jean Becker (2010)

Germain (Gérard Depardieu) es un hombretón pesa 110 kilos, inculto, de gran corazón y que vive aislado en una caravana, al fondo del jardín de su madre, una mujer neurótica que odia a su hijo y que le ha hecho la vida imposible desde que era pequeño. Aun así, su hijo la cuida como puede. La vida de Germain transcurre entre el café y el parque público, y es considerado por todos como un tonto. Se gana la vida con pequeños trabajos y con la venta de las hortalizas de su huerto. Pero la vida anodina de Germain va a cambiar cuando conozca en el parque a Margueritte (Gisèle Casadesus), una simpática y culta anciana que enseñará al tosco Germain los gozos de leer buena literatura y también su gusto exquisito por las cosas más elevadas de la vida: el arte, la magnanimidad humana capaz de abrir el corazón a la belleza y al amor inesperados por muy inalcanzables que parezcan. A partir de ese momento, su relación con los demás y consigo mismo cambiará sensiblemente.

“La libertad, el diálogo, la lectura y el descubrimiento son el único camino para la madurez del adolescente. Una madurez que mantenga viva la capacidad de fascinación, la sensibilidad por la belleza y el instinto creador. Limitar eso supone ignorancia e irresponsabilidad. Los adolescentes quieren saber qué son las cosas, cuáles son bellas y por qué. Son necesarias obras inteligentes, que hagan preguntarse al adolescente acerca de lo que ve, obras que le generen preguntas y le fuercen a reflexionar sobre la vida”.

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