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La conspiración (The Conspirator), de Robert Redford (2010)

En 1865, tras la Guerra Civil (también llamada de Secesión) que ha desangrado a los Estados Unidos, el país sufre una nueva conmoción por el asesinato de su presidente —Abraham Lincoln—, cuando asistía a una representación teatral. Ocho personas son detenidas acusadas de conspiración para acabar con la vida del presidente, entre ellas Mary Surratt (Robin Wright), dueña de una pensión donde el autor material del magnicidio y sus cómplices se reunieron para planear el atentado. El joven abogado Frederick Aiken (James McAvoy), héroe de guerra en el bando de la Unión —los estados del Norte—, se ve obligado a defender a Surrat ante un tribunal militar. Convencido de la inocencia de Mary, pronto empieza a sospechar que su defendida podría estar siendo utilizada como rehén para capturar a su hijo John, en busca y captura por la misma conspiración. Con el país entero en contra de Surratt (extraordinario papel de Robin Wright: serena y contenida, transmite entereza, dignidad y dolor), Aiken es el único que se encuentra en condiciones de averiguar la verdad y salvarle la vida. Gran muestra de cine histórico y judicial que habla de los odios y rencores acumulados —y también del heroísmo personal y del derecho de todo ciudadano a un juicio justo—, por encima de afanes de venganza o de deseos de apaciguar a cualquier precio al pueblo.

“La lucha por la autonomía es la lucha por la identidad propia, y puede traducirse en conformidad o rebelión. Si se opta por lo primero, el sujeto se resignará a aceptar lo que otros esperan de él, y si se opta por la verdadera rebelión, el sujeto tratará de construir una identidad propia”.

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