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La invención de Hugo (Hugo), de Martin Scorsese (2011)

París, años 30 del pasado siglo. Hugo Cabret (Asa Butterfield), un niño huérfano —que ha heredado de su padre la afición por los inventos—, vive escondido en una estación de tren. Tras desaparecer también su tío —que se ocupaba del mantenimiento del reloj de la estación—, Hugo vive solo, sin que nadie lo advierta, junto a la complicada maquinaria que marca las horas. Su ilusión es poner en marcha un autómata que estaba reparando su padre, un humanoide que funciona con mecanismos de relojería, pues Hugo cree que eso dará sentido a su vida y le ayudará a encontrar su sitio en el mundo. Le ayudará Isabelle (Chloë Moretz), que siempre ha deseado vivir una aventura y tiene una llave que podría resolver el misterio del robot. Además están el viejo Georges (Ben Kingsley) dueño de una tienda de juguetes mecánicos, y el obsesivo inspector de la estación. Scorsese homenajea la grandeza del séptimo arte, a los precursores que inauguraron lo que hoy llamamos magia del cineLumière, Harold Lloyd, Georges Méliès, Chaplin—, y también habla de los jóvenes que se adentran en el misterio de la vida y tratan de cumplir sus sueños. La invención de Hugo desprende amor por el cine, por la belleza de contar historias y revivir las narraciones que habitan nuestra mente y nos ayudan a ser quienes somos.

“El mundo de la imagen juega un papel fundamental en la formación de la personalidad de los más jóvenes de las ideas que obtienen acerca de los demás, y del lugar que pueden ocupar ellos en el mundo. El cine y la televisión se transforman en educadores, complementando o sustituyendo a otras instituciones como la escuela o la familia”.

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