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El diablo viste de Prada (The Devil Wears Prada), de David Frankel (2006)

Andrea Sachs (Anne Hathaway) —recién licenciada en periodismo—, llega a Nueva York dispuesta a trabajar en cualquier sitio, aunque su sueño es escribir en revistas de actualidad. Encuentra el trampolín adecuado en Runway —una revista de moda—, como segunda asistenta de Miranda Priestly (Meryl Streep), personaje inspirado en la influyente directora de Vogue Anna Wintour. Miranda, editora de la publicación, es capaz de hundir la carrera de cualquier diseñador con sus opiniones, y exige a sus colaboradores un nivel de rendimiento brutal. Sobrevivir en ese puesto no será fácil, pues cada día Miranda somete a Andrea a auténticos desafíos —llegando incluso a insultarla calificándola de gorda—. Trabajar como su ayudante podría abrirle cualquier puerta profesional, pero pronto comprende que para resistir va a necesitar algo más que iniciativa y determinación. La película critica la frivolidad del mundo de la moda —con personajes tan manipuladores como superficiales—, capaces de juzgar a las personas únicamente por los zapatos que llevan. Se muestra así la obsesión por las mujeres demasiado delgadas y los gustos estéticos de moda que dan lugar a la polémica en las pasarelas. La película muestra también esa otra vida humilde —repleta de autenticidad y de buenas personas—, que valoran lo que realmente somos, no lo que vestimos o parecemos.

“La personalidad parece haber caído en desuso, sustituida por la imagen. La apariencia importa cada día más, hasta el punto de que uno es más su aspecto, su sonrisa cuidada por el dentista, su piel tratada por el dermatólogo, sus músculos trabajados duramente en el gimnasio y su cintura adelgazada por el endocrino que cualquier otra cosa. Parece que lo externo es lo que más nos define…”

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