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Simone (S1m0ne), de Andrew Niccol (2002)

Viktor Taransky (Al Pacino) es un director de cine en plena decadencia. En su día fue candidato al Oscar, y en la actualidad hace lo que puede, que no es mucho. Va dando tumbos sin que su ex mujer —presidenta de un gran estudio cinematográfico—, le conceda muchas oportunidades. En estas circunstancias conoce a Hank Aleno (Elias Koteas), un genio informático que —antes de morir—, confía a Taransky un sofisticado programa de software gracias al cual podrá dar vida a Simone, una actriz virtual que conquista al público y a la crítica. Nace así una estrella de cine que es adorada por el público. Y su creador, Taranksy, se convierte —de la noche a la mañana—, en un triunfador. Todo el mundo enloquece por esa hermosa y sensible actriz, pero nadie —excepto Taransky—, sabe que la chica se reduce, en realidad, a un puñado de bits. El director dedica toda su obra a la excepcional actriz, y debe hacer muchos esfuerzos, en un disimulo constante, para que nadie descubra el fraude. “¿Qué importa si los famosos son reales o no? De todas formas, nuestra cultura de la fama es incapaz de percibir la diferencia. Nuestra capacidad para fabricar fraudes es superior a nuestra capacidad para detectarlos”, se pregunta Andrew Niccol, guionista y director de la película. La historia advierte de los peligros de una sociedad deshumanizada, incapaz de distinguir a las personas de sus sucedáneos, pues valora e idealiza una apariencia artificial y vacía.

“La publicidad ha creado en nuestro cerebro un paisaje imaginario compuesto de fotografías y —por ejemplo—, modelos de belleza que no son reales, y que nunca existirían de manera natural, como es el caso de la modelo de Ralph Lauren cuya cintura era más delgada que su cabeza”.

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