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Crash, de Paul Haggis (2004)

En una cuneta de Los Ángeles aparece el cuerpo de un joven asesinado. En las treinta y seis horas anteriores al suceso —y en relación con él—, las vidas de una galería de personajes chocan entre sí, por prejuicios racistas o por intolerancia. Un policía veterano y racista y su compañero novato e idealista; el fiscal del distrito y su desesperada esposa; un cerrajero mexicano al que le brillan los ojos cada vez que ve a su hija; un matrimonio acomodado de afroamericanos que trabajan en televisión; un tendero iraní y su hija médico; dos jóvenes delincuentes que roban coches mientras comparten reflexiones sobre la sociedad y el racismo… Durante ese tiempo, el impresionante y metódico guión de Haggis hace llegar al espectador —con apenas unos trazos—, los diversos caminos existenciales y la crisis de identidad de las personas de una gran ciudad. La película es un monumento sobre la condición humana —sobre sus debilidades y esperanzas—, que consigue emocionar sin sentimentalismo. El completo reparto, lleno de actores conocidos, muestra que cualquiera es capaz de lo mejor y de lo peor —de lo bueno y de lo malo—, sin importar su condición. Cada día emitimos juicios críticos acerca de las actuaciones de los demás, de modo a veces egoísta, desconfiado o frívolo, pues juzgamos sólo la apariencia externa, a menudo con conclusiones parciales sesgadas por nuestros prejuicios. La película —muy premiada, y que rebosa autenticidad—, muestra lo difícil que es valorar justamente a las personas.

“Lo que importa no es tanto la profundidad de las relaciones establecidas como su número. Muchos de sus usuarios de las redes sociales van en busca de nuevos ‘amigos’ como quien colecciona sellos o ceniceros, empujados por el afán de establecer contacto, de alcanzar la máxima densidad de población en ese territorio propio”.

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