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Kiseki (I Wish), de Hirokazu Koreeda (2011)

¿Pueden dos niños rebelarse contra la separación de sus padres y buscar el “milagro” de la reconciliación? Kiseki nos habla de eso, de dos hermanos separados en dos ciudades de Japón. Su sueño es que ellos y sus padres vuelvan a vivir juntos. Pronto se inaugurará una nueva línea de “tren bala” que unirá las dos ciudades, y se dice que basta con estar ahí —en el momento en que los trenes se crucen—, para que un deseo se haga realidad. En una ciudad y otra, los dos hermanos —acompañados por sus amigos—, se las apañarán para juntarse en ese punto donde se pueda obrar el milagro. Lo importante de ese viaje será dar el paso definitivo para ser adultos. En Kiseki hay un camino recorrido desde la más inocente infancia hasta una adolescencia en la que los niños asumen todo lo que llevan sobre sus espaldas, aguantando de la única forma que un niño es capaz de hacerlo: con una sonrisa que contagian al espectador. Se trata de una tragicomedia sencilla, narrada desde la inocente perspectiva de los niños protagonistas. Los deseos tal vez no cambien el mundo, pero sí nuestra perspectiva de la vida y a nosotros mismos. Todos necesitamos una meta en la vida —un lugar al que llegar y poder pedir un deseo—, un reto que nos haga sentirnos completos. Kore-eda busca un tono alegre, con una amabilidad que hace de Kiseki una película para disfrutar con toda la familia. El torbellino de emociones apenas deja lugar para la tristeza: cualquier momento malo se puede tornar en una sonrisa a base de esperanza.

“Quizá una de las grandes contradicciones de la adolescencia sea la necesidad de ser amado y, al mismo tiempo, el temor a ser descubierto como necesitado de afecto. El joven se debate entre la angustia de una sensibilidad intensa y la frialdad afectiva…”

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