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Pure, de Gillies MacKinnon (2002) — Adicción a las drogas

Años noventa del pasado siglo, en una ciudad inglesa. Mel (Molly Parker) —una joven madre viuda— mantiene a sus dos hijos en una casa humilde. La muerte de su marido hizo que Mel se hundiera, y desde entonces está enganchada a la heroína. El mayor de los niños, Paul —de diez años—, creía que su madre se inyectaba una medicina, pero pronto debe afrontar la cruda realidad. La historia adopta el punto de vista de Paul, obligado a crecer antes de tiempo. A su corta edad debe afrontar la ausencia de su padre, la adicción de Mel, la muerte de la mejor amiga de ésta por sobredosis, el resentimiento de su abuela paterna hacia su madre… En ese ambiente desolador Paul asiste al deterioro de su madre sintiéndose impotente para ayudarla, y su mirada es triste y melancólica ante la dureza de la vida. Mel podría perder la custodia de sus hijos, y Paul debe tomar una decisión terrible para ayudarla —lo que constituye el momento más impactante del film—, que ofrece con cámara subjetiva los efectos del “mono” o síndrome de abstinencia. La historia aborda una situación extrema sin complacencias, pero de un modo humano —con mirada positiva—, señalando el amor, la fuerza de voluntad y la ayuda de los seres queridos como medios para resolver los problemas más graves.

“Las adicciones, en general, son un anestésico a la fatiga de vivir, un intento de huir de la realidad. El joven que fracasa en los estudios y toma droga, o el adulto que fracasa profesionalmente y recurre al alcohol, se hacen adictos a algo que no modifica en nada su suerte, con el agravante de que cuanto más se evaden, menos fuerzas tienen para soportar la realidad…”

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